Yo soy generación X.
Fui educado para resistir.
Para cumplir con mi responsabilidad, incluso sin un “para qué” claro.
Fui entrenado para dar resultados, pase lo que pase, para cometer la menor cantidad de errores posible y asegurar que toda inversión tuviera un retorno tangible, medible, defendible.
Y ojo: sigo creyendo que los resultados importan más que nunca.
Pero las nuevas generaciones nos están retando a sumar algo que durante décadas fue casi prohibido en la gestión: nos están pidiendo que le metamos corazón.
Porque ahora sí importa lo que sientes.
Ahora sí importa lo que está pasando en tu vida.
Y eso genera conexión.
Y para ellos, sin conexión no hay compromiso.
La conexión no se crea con discursos ni con protocolos.
Se construye con cercanía y con verdad.
Mostrándonos tal como somos: tan imperfectos como siempre hemos sido.
Hoy trabajamos con personas que sienten, dudan, sueñan, se frustran…
y no quieren jefes perfectos.
Quieren líderes humanos. Y por experiencia te lo aseguro: cuando le pones corazón de verdad, aparece todo eso que estás buscando… y también, todo eso que ni sabías que estaba ahí.





