La evaluación anual no desarrolla talento, lo congela.
Durante décadas, creímos que una conversación al año podía definir el desempeño, el futuro y el valor de una persona.
No puede.
La evaluación anual mira hacia atrás.
El talento mira hacia delante.
Cuando el feedback es escaso, tardío y solemne, se vuelve ansiedad, no dirección; se vuelve juicio, no crecimiento.
La investigación de Katherine B. Coffman es clara: las personas no se van por falta de evaluación, se van por falta de claridad sobre su futuro.
Cuando alguien no entiende cómo crecer, qué camino seguir o qué necesita para avanzar, empieza a buscar respuestas afuera.
No porque quiera irse.
Si no, porque no ve cómo quedarse.
El problema no es medir poco.
Es conversar poco.





