Muchos líderes se sorprenden cuando alguien con talento decide irse.
Lo interpretan como deslealtad.
Pero no es eso.
Es que ya no había espacio para crecer, proponer o respirar.
Porque esos tiempos donde la lealtad se medía en años de permanencia ya no existen.
Hoy, si queremos que las personas se queden, necesitamos darles claridad, herramientas… y sentido.
Sí, sentido.
Un “para qué” que se sienta propio.
Espacio para saciar esa hambre, de sumar, de aportar, de construir algo más grande que uno mismo.
Y es irónico.
Porque eso —justamente eso— es lo que siempre hemos buscado: personas que sumen.
Pero cuando no lo hacen tal como lo esperamos, cuando se atreven a pensar diferente, a desafiar lo establecido, de pronto ya no “nos sirven”.
La lealtad ya no es algo que se da por hecho.
No es un “given”.
Y no se sostiene solo con antigüedad.
Hoy, la verdadera lealtad se construye día a día, dando sentido a lo que hacemos y, a los objetivos que nos trazamos juntos. Porque si alguien siente que ya no suma… lo más leal que puede hacer, es buscar un lugar donde sí pueda hacerlo.





